MARCOS 12: 29-31 Mar 12:29 Jesús le respondió: El primer mandamiento de todos es: Oye, Israel; el Señor nuestro Dios, el Señor uno es. Mar 12:30 Y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente y con todas tus fuerzas. Este es el principal mandamiento. Mar 12:31 Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay otro mandamiento mayor que éstos.
   
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  Identidad. Mírate como Dios te mira. Experimenta el gozo de ser tú mismo
 

Adaptado del libro “Mírate como Dios te mira. Experimenta el gozo de ser tú mismo”, por Josh MacDowell, Editorial Vida

 

La opinión que tenemos de nosotros mismos marca nuestra manera de ser.

Para lograr una clara perspectiva de tu verdadera identidad, debes verte, ni más ni menos, como Dios te ve. La gran pregunta es: ¿cómo me ve Dios?

Llevas fotos de tu familia en la billetera? ¿Se las muestras con orgullo a los demás cuando hablas de tus padres, tus hermanos y hermanas? La mayoría de las personas están más que deseosas de mostrar las fotos de sus seres queridos. Pero, ¿cómo te sientes cuando tienes que mostrar esa otra foto en tu billetera: la foto de tu cédula de identidad? Posiblemente, como en mi caso, el solo pensar en ello ya te hace sentir mal. Cuando saco mi billetera para alardear de mi esposa y de nuestros cuatro hijos, me siento tentado a colocar el pulgar sobre esa foto «con cara de presidiario». Esa fotografía en nada se parece a mí.

Todos tenemos otra fotografía de identificación personal, mucho más importante que la que podemos llevar en nuestra billetera o cartera. Se trata de un autorretrato subjetivo: el concepto que tenemos de nosotros mismos. Como en el caso de la foto en la licencia de conducir, este autorretrato subjetivo puede ser, o no, una fiel representación de tu verdadero ser. Así como la calidad de una fotografía puede verse afectada por un mal enfoque o por ajustes incorrectos de la cámara, el autorretrato mental puede no ser fiel porque tienes una impresión imperfecta o incompleta de tu persona.

Tomemos el caso de Alejandro. Mientras crecía, el mensaje dominante era: «Alejandro, no puedes hacer nada bien». ¿Acaso era una representación precisa de Alejandro? ¡De ninguna manera! Alejandro no era perfecto en todo: nadie lo es. Pero decir que no podía hacer nada bien es una exageración grosera y humillante. Sin embargo, ese mensaje dejó su huella en su corazón desde la niñez. Alejandro lleva consigo, desde que era niño, ese autorretrato desfigurado donde quiera que vaya. Es la imagen de un hombre de treinta y dos años que cree que es apenas algo más que un error, siempre a punto de fracasar. Como tiene vergüenza de revelar su identidad equivocada a los demás, es tímido y antisocial.
Por otra parte, consideremos el caso de Teresa; la percepción de su identidad merece ser resaltada. Teresa se crió en un hogar cristiano con padres que le prodigaron amor y cuidados. En sus primeros años aprendió que era una creación de Dios, única y muy querida. Como resultado, de adulta está muy segura de su valía para Dios y los demás. Conoce nuevas personas con facilidad, y Dios la ha utilizado para llevar a algunas de sus amistades a Cristo.

¿Cómo te sientes con tu autorretrato interno? ¿Se parece al de Alejandro? ¿Te avergüenzas de tu autorretrato y preferirías mantenerlo oculto? ¿O se parece más bien al de Teresa? ¿Sientes que es una fiel representación de tu verdadera identidad como hijo de Dios? Hablo con miles y miles de adultos y jóvenes todos los años, y visito a cientos de ellos personalmente después de las reuniones.

Por desgracia, conozco a muchas personas como Alejandro. Martín, por ejemplo, parecía ser muy equilibrado y seguro de sí mismo; sin embargo, me dijo: «Creo que soy un fracasado. ¡Tengo mucho temor a lo que la gente piensa de mí! Me cuesta aceptarme. Me da miedo sostener la mirada de la gente y hasta temo estar con ellos. Me siento como una basura. Tengo miedo de ser rechazado».

Las personas como Alejandro y Martín cargan con retratos subjetivos muy fuera de foco. Muy pocas personas disfrutaron los antecedentes positivos y el amparo que gozó Teresa. Muchas personas luchan por abrirse paso en la vida y no pueden ver su verdadera identidad porque provienen de hogares difíciles, de culturas ateas o de experiencias religiosas no bíblicas, o de una combinación de las tres.

Lo que miras es lo que obtienes
Nos guste o no, la idea que tengamos de nuestra persona influye considerablemente en nuestro bienestar emocional, social y espiritual. La investigación demuestra que somos propensos a obrar en armonía con la representación mental que tenemos de nuestra persona.

Por ejemplo, los niños expuestos al ridículo como incompetentes, son proclives a cometer más errores. Las personas que se creen feas suelen tener dificultad para entablar buenas amistades. Si te consideras un fracasado, encontrarás la manera de fracasar no importa cuánto desees triunfar.

Si consideras que, gracias a tu relación con Dios, eres capaz y bueno, enfrentarás la vida con más optimismo y te desempeñarás mucho mejor.
Una percepción clara de nuestra verdadera identidad constituye un activo valiosísimo para una vida sana, feliz y productiva. Un sentido de identidad desvirtuado será un obstáculo a esos valores tan anhelados.

Hay personas que están tan convencidas de su ineptitud, de que nadie las querrá, de que son feas o poco importantes, que ni siquiera ellas se quieren. Al luchar por aceptarse como son, proyectan su percepción en los demás y están convencidas de que nadie puede quererlas, ni siquiera Dios. Estos sentimientos negativos generan ansiedad, estrés y depresión; son influencias negativas en las amistades, en el desempeño laboral y en el crecimiento espiritual.

¿Te miras con una visión de 20/20?
Hay dos posibilidades: nuestra visión puede ser imprecisa o nítida. Las personas con una visión nítida de su verdadera identidad se sienten importantes.

Comprenden su importancia para Dios y para los demás; saben que, gracias a su presencia en el mundo, este es un lugar mejor. Son capaces de relacionarse con los demás y apreciarlos sin sentirse amenazadas. Irradian esperanza, gozo y confianza porque tienen la seguridad de ser hijos de Dios. Se aceptan como criaturas divinas: dignas de ser amadas, valiosas y competentes, redimidas y reconciliadas con Dios para ser lo que Él quiere que sean.

Por otra parte, las personas con una visión imprecisa de su identidad como criaturas de Dios manifiestan una serie de limitaciones. Veamos tres de esas limitaciones:

1. Las personas con una visión imprecisa de su identidad tienen dificultad para relacionarse con otras personas.
Las personas sin un buen autorretrato están tan absortas en sus propias incapacidades que carecen de la energía y atención suficientes para relacionarse positivamente con los demás. Esto es evidente cuando están en presencia de personas que les recuerdan sus defectos. Las personas con escaso sentido de identidad están tan necesitadas de atención que son incapaces de brindar atención desinteresada a los demás.

Como resultado, parecen ser insensibles y egocéntricas. Los sentimientos de incapacidad, producto de un sentido empobrecido de identidad, les impide recibir el amor y el afecto de los demás.

2. Las personas con un sentido pobre de identidad dependen de otros para determinar cómo se definen en un momento dado.
Cuando están rodeadas de personas que las reconocen y elogian, están conscientes de su valía. Sin embargo, cuando la familia, los amigos o los colegas las critican, su sentido de identidad da un giro negativo. En realidad, son esclavas de las opiniones ajenas. No son libres para ser ellas mismas porque su identidad depende de las respuestas de los demás.

3. Las personas con una percepción negativa de su identidad también deben luchar con expectativas negativas.
Estas personas van por la vida esperando ser rechazadas, estafadas y subestimadas. Como esperan siempre lo peor, su comportamiento suele producir ese resultado. Se involucran en conductas autodestructivas, son desconfiadas y sospechan de todos, titubean entre la frágil esperanza de ser aceptadas por los demás y la creencia latente de que nadie las querrá ni aceptará.

Tú puedes transformar un retrato defectuoso
Puedes estar pensando: «¡Con razón mi vida es un desastre! Mi sentido de identidad está “fuera de quicio”. ¿Tengo esperanza?» Créeme, sé cómo te sientes. Si lees mi biografía: “Un escéptico en busca de la verdad” tendrás una idea de cómo una infancia con un padre alcohólico me dejó con una baja autoestima y un pobre sentido de identidad como creación divina.

Si hubiera permitido que las experiencias de mi infancia colorearan mi autorretrato subjetivo, hoy todavía estaría lleno de rabia y angustia. Pero como era un joven cristiano, la imagen equivocada que heredé de estas influencias negativas vividas comenzó a cambiar en dirección a mi verdadera identidad.

Quiero que tengas la certeza, basada en las Escrituras y en mi experiencia personal, de que tu autorretrato subjetivo imperfecto no es permanente: tienes esperanza

Aunque tu autorretrato esté profundamente arraigado en tu mente consciente o subconsciente, puedes cambiarlo para tener una representación más exacta de la persona que Dios pretende que seas. Nunca podrás mirarte con la claridad con que te mira Dios. Las debilidades y los puntos ciegos podrán deformar tu visión; pero te podrás mirar con mayor nitidez.

Cuanto más te concibas como Dios te mira y más comprendas tu verdadera identidad, más disfrutarás ser quien eres. Pon tu autorretrato a la vista de Dios para encontrar tu justa identidad.

¿Cómo tiene lugar la transformación?
Quiero narrarles mi propia experiencia. En primer lugar, establecí una relación personal, amorosa y dinámica con Dios mediante su Hijo Jesucristo. En segundo lugar, me comprometí a asimilar el carácter de Dios por medio del estudio de su Palabra.

En tercer lugar, permití que otros cristianos, en especial los que tenían una idea más clara que yo de mi identidad, me ayudaran a replantear mi entendimiento. Ahora me miro con los ojos de Dios, ¡y me encanta lo que miro!

Tú también puedes transformar la percepción que tienes de ti mismo: de lo que piensas que eres a lo que verdaderamente eres. Puedes reemplazar el retrato desfigurado, vergonzante, deprimente e influenciado por cómo fuiste criado, con una representación estimulante y animada de tu verdadero yo. Mirarte como Dios te mira. De veras eres una persona especial para Dios.

Cómo tener una idea lúcida de tu identidad
En primer lugar, para comprender quién eres debes entender quién es Dios y conocer lo que siente por ti. Reflexiona sobre las siguientes verdades acerca de Dios. Tómate un tiempo para escribir tus respuestas a las preguntas en un cuaderno o en el diario de tu vida:
Dios conoce todas las cosas. Leemos en el Salmo 139:1,5: «Oh Jehová, tú me has examinado y conocido (…) Detrás y delante me rodeaste, y sobre mí pusiste tu mano».

Dios es el rey del universo. Leemos en 1 Crónicas 29:11: «Tuyos son, Señor, la grandeza y el poder, lo gloria, la victoria y la majestad. Tuyo es todo cuanto hay en el cielo y en la tierra. Tuyo también es el reino, y tú estás por encima de todo».
En segundo lugar, para comprender quién eres necesitas prestar atención a lo que Dios dice que eres. Escucha la voz de Dios que te hable.

Dios dice: «Eres una obra maestra» Leemos en Efesios 2:l0: «Porque somos hechura suya creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano a fin de que anduviésemos en ellas». Toma este versículo y hazlo tuyo: «Soy la obra maestra de Dios. Dios me ha hecho de nuevo por medio de Jesucristo».

¿Qué significa que Dios te llame su obra maestra, una creación de gran valor? ¿Puedes comprender lo que Dios siente por ti, que está encantado contigo? Tu verdadera identidad es lo que Dios considera que eres.

Dios dice: «Te amo, con amor eterno». Leemos en Jeremías 31:3: «Con amor eterno te he amado; por tanto te prolongué mi misericordia».

Toma este versículo y hazlo tuyo: «Dios me ama con amor eterno; por eso me sigue con fidelidad».
¿Qué significa que Dios te ame con amor eterno; es decir, que nada de lo que digas o hagas podrá cambiar el amor que siente por ti? ¿Puedes comprender lo que Dios siente por ti? Él te creó a su imagen (lee Génesis 1:26-27).

Eres la cima de su genio creativo. Dios ha dispuesto desarrollar una relación íntima contigo porque te ama. Nada de lo que hagas podrá disminuir el amor que siente por ti.

Tienes un valor incalculable para Dios. En el Calvario, Dios proclamó ante el cielo, el infierno y toda la Tierra, que merecías el regalo de Jesucristo, su amado Hijo. Si tuvieras que ponerte un precio, este sería «Jesús», porque eso fue lo que Dios pagó para salvarte (lee 1 Corintios 6:19-20; 1 Pedro 1:18-19).

Su muerte en la cruz fue el pago de tus pecados.

Para Dios, «vales tanto como Jesús» porque eso fue lo que Él pagó por ti

Esto es la solemne declaración de tu valor para Dios. Vales mucho porque nuestro Dios, en su amor, así te creó. Necesitas comprender que aunque hubieras sido la única persona en la Tierra, Dios habría mandado a su Hijo por ti. Y, como si esto fuera poco, como conquistó el pecado, la muerte y la tumba, Jesús regresó al cielo para prepararte una morada eterna (lee Juan 14:1,3).

Es importante recordar, sin embargo, que el ser considerados dignos de amor y valiosos como hijos de Dios, proviene de ser lo que Él nos hizo y de lo que hizo por nosotros. Dios no se fija ni se interesa en nosotros por nada de lo que hagamos o seamos por nosotros mismos.

Nuestra identidad se la debemos solo a Él. Debemos regocijarnos constantemente con el salmista: «Te alabaré; porque formidables, maravillosas son tus obras; estoy maravillado» (Salmo 139:14).

Adaptado del libro “Mírate como Dios te mira. Experimenta el gozo de ser tú mismo”, por Josh MacDowell, Editorial Vida

 
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