MARCOS 12: 29-31 Mar 12:29 Jesús le respondió: El primer mandamiento de todos es: Oye, Israel; el Señor nuestro Dios, el Señor uno es. Mar 12:30 Y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente y con todas tus fuerzas. Este es el principal mandamiento. Mar 12:31 Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay otro mandamiento mayor que éstos.
   
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  Dios y la Biblia
 

Dios y la Biblia

La Biblia no intenta probar la existencia de Dios ni especular sobre su naturaleza. Da por sentado que «Jehová es el Dios verdadero; Él es Dios vivo y Rey eterno» (Jer 10.10). El insensato que niega a Dios (Sal 14.1; 53.2) no es un ateo; su negación es de orden ético: vive como si Dios no existiese y juzgase a las personas. Los milagros y actos poderosos de Dios no se aducen para demostrar su existencia, sino para afirmar la confianza o estimular la alabanza (Sal 8; 19.1–7; 104; Is 40.25–31). Dios se da a conocer en la creación y en la historia: es por ello el Dios vivo (Jos 3.10; Sal 19.1ss; Os 1.10; Ro 1.19ss; 1 Ti 3.15; Heb 9.14; 10.31). En consecuencia, el hombre se allega a Dios prestando oído a su Palabra y obedeciendo su voluntad, y no mediante la especulación (Jer 22.15s; Jn 7.17).

 

 

Los Nombres de Dios

En el Antiguo Testamento

Diferentes nombres subrayan el carácter personal de Dios. Ello no significa, sin embargo, que se considere al Dios verdadero simplemente como una persona poderosa, como los dioses del medio (1 S 15.29; Is 40.28). Se subraya la diferencia entre Dios y el hombre (Nm 23.19; Ez 28.2; Os 11.9), aunque la Biblia no se niega a hablar de Dios con términos antropomórficos. Dios creó al hombre a su imagen y es lógico que los términos tomados de la experiencia humana sean los más aptos para hablar de Él.

El nombre El, Elohim (traducido en nuestras versiones a veces por «Dios» y otras por «Señor») viene de una raíz que significa «poder» y se refiere a todo lo divino. A veces se combina con otras palabras (Gn 28.19; 33.20). Se usa el plural (Elohim) para referirse al Dios de Israel, no por resabios politeístas, como pretenden algunos, ni en directa referencia a la Trinidad, como dicen otros, sino para intensificar o reforzar la idea expresada: la plenitud de Dios.

Jehová (Yahveh) representa el nombre propio de Dios tal como se ha revelado a Israel en los actos poderosos de liberación (Jehová). Adonai (traducido por lo general en nuestras versiones por «Señor») es también un plural, que da la idea de soberanía, poder pleno, y se combina a veces en expresiones como «Señor se señores» o «Señor de toda la tierra». Otros términos («Jehová de los ejércitos», usado 279 veces en el Antiguo Testamento; «Jehová Dios eterno», Gn 21.33; «el Altísimo» y «el Omnipotente», Nm 24.16; o combinaciones con Jehová: Gn 22.8, 14; Jue 6.24; Jer 23.6) representan combinaciones de las designaciones mencionadas, que conmemoran manifestaciones o señales particulares del Dios de Israel.

 

En el Nuevo Testamento

Al eliminarse en el judaísmo el uso ordinario de Jehová, aparecen muchas designaciones abstractas o indirectas: «el Nombre», «el Eterno», «el Inmortal», «el Todopoderoso», «el Altísimo». El Nuevo Testamento toma las traducciones griegas de estos nombres, que frecuentemente son referidos también al Señor Jesucristo. Dios y Señor (Kyrios) son, sin embargo, los más utilizados y hemos de ver en ellos la traducción de «Jehová Dios» y de «el Señor Dios» del Antiguo Testamento. La paternidad de Dios se enseña en el Antiguo Testamento con respecto al pueblo de Israel y a algunos de sus líderes. En el Nuevo Testamento se caracteriza a Dios como Padre de nuestro Señor Jesucristo y a los creyentes, que han recibido el Espíritu de adopción, como hijos de Dios.

Las características de Dios

Dios es poderoso y ejerce su dominio como Señor (Adonai) y dueño o amo (Baal) de su pueblo y del universo entero (Éx 15.3; Sal 24.8; Jer 32.18), a diferencia de los dioses falsos (Jer 10.11s). Su poder se ha manifestado eminentemente en la resurrección de Jesucristo (1 Co 6.14; Ef 1.20). Dios es santo (Is 6.3; 40.25; Hab 3.3; 1 P 1.16; Ap 4.8), lo que significa que está separado y por encima de todo lo que es ordinario, creado y débil, tanto física como moralmente (Gn 18.27; Job 42.6; Sal 8.5); su santidad se muestra en su justicia (Is 5.6; Ez 28.22), pero también en la fidelidad de su amor (Os 11.9) y en la liberación de su pueblo (Is 41.14; 43.3).

El Amor de Dios está presente en el Antiguo Testamento referido principalmente a Israel (Is 43.4; 54.5–8; Jer 31.3; Os 3.1; 11.1), pero en el Nuevo Testamento es elevado a una afirmación universal (Jn 3.16) y centrado en la obra de Jesucristo (Ro 5.8; 8.32; 1 Jn 4.9). A tal punto se revela el amor de Dios por todos los hombres (Tit 3.4), que es posible describir a Dios mismo en función del amor (1 Jn 4.8); un amor, sin embargo, que debe entenderse a la luz de la revelación divina y no como la divinidad de cualquier forma de amor.

No han faltado quienes hayan creído ver en la Biblia una variedad de concepciones de Dios: desde un politeísmo primitivo hasta una concepción espiritual y ética. Aunque la comprensión de Dios gana en claridad de una sección a otra, hay una notable unidad a través de toda la Escritura en la afirmación de un Dios único, espiritual, todopoderoso, santo, personal y ético en sus relaciones con el hombre; un Dios juez y redentor. La doctrina de la Trinidad no se afirma explícitamente en la Biblia, pero desde el comienzo esta afirma la plenitud y riqueza del ser de Dios, y el Nuevo Testamento amplía las declaraciones sobre la eternidad del Verbo, la preexistencia del Hijo y la divinidad y eternidad del Espíritu.

 
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